La Romanización de Hibernia

Lo mejor de los irlandeses es que son culturalmente católicos. Lo peor, que están sin romanizar. Es un axioma bajo el que me conduzco en esta ciudad insondable desde aproximadamente mi séptimo mes aquí, cuando comprendí que la gran brecha que separa a los irlandeses de los inmigrantes latinoamericanos y del sur de Europa que nos encargamos de los trabajos no cualificados no es de clase, sino cultural. Gastronómica. En el fondo, es lo mismo.

Tuve la epifanía un domingo por la noche en la cocina de mi casa de Harold’s Cross, el tranquilo vecindario del sur de Dublín al que fueron a parar mis huesos tras unos primeros meses de vida nómada. Era mi cuarta mudanza. Mi primera parada, tras aterrizar en la isla a una nómina de la ruina, había sido con una host family en Cherrywood, un suburbio de la periferia sudeste de la ciudad reservado a clase media pudiente, pero todavía con ciertas aspiraciones. Una especie de Oleiros irlandés con las mismas oportunidades y las mismas carencias: uso abusivo de suelo, vivienda unifamiliar, amplias zonas verdes y de esparcimiento y, sobre todo, pésimas comunicaciones en transporte público.

Cuando la situación de emergency taxes —un rito de paso ineludible para todo trabajador extranjero en Dublín, que consiste en ver retenido la mitad de tu sueldo hasta que la autoridad tributaria resuelve que, efectivamente, eres un ser humano que quiere prosperar en su suelo y no un bot ruso dispuesto a destruir desde dentro la economía irlandesa— me impidió seguir pagando el alquiler, recibí algo parecido al asilo político en el 307 de South Circular Road, barrio de The Liberties. La dirección corresponde a la conocida como la casa de las lesbianas, uno de los epicentros de los afterpartys de la comunidad queer de Dublín donde compartí colchón —también de emergencia— con mi amiga Inés.

La siguiente estación de aquella travesía incierta, saneadas —ma non troppo— mis finanzas, me llevó más al oeste, al turbulento pero lleno de vida distrito de Inchicore. Allí ocupé, durante cuatro meses y en condición de subarrendamiento, la habitación de una artista que había huido a Berlín a encontrarse a sí misma. El mismo absurdo cliché que, curiosamente, me había llevado a mí a Dublín. 21st century lack of meaning: unos cubrimos los huecos que dejan las crisis de los 30 de otros como si estuviésemos aguardando en listas para ello, en régimen de interinidad.

La tierra prometida, tras semejante peregrinación en el desierto, fue Harold’s Cross, donde hallé al fin un lugar en el que deshacer las maletas, y en cuya cocina sufrí aquel domingo uno de mis grandes choques culturales desde mi llegada a la isla.

Supe que aquella tarde no me deparaba nada bueno nada más pasar por delante de la puerta entreabierta de la estancia y vislumbrar, de pie junto a la vitrocerámica, iluminada por la luz de la campana extractora, mi botella de aceite de oliva virgen extra, picual andaluz, cuyo contenido había estado estirando y cuidando minuciosamente durante meses, guardando sus gotas solo para aliños especiales y buen pan. La misma botella que, inocentemente, había colocado al mudarme, junto a los enseres comunes, en el rincón de la cocina reservado a condimentos, convencida, con entrañable puerilidad, de que mis housemates irlandesas sabían para qué usarla, y, sobre todo, para qué no. Vacilé unos segundos antes de cruzar el umbral y comprobar lo que había sobrevivido del contenido, porque en mi fuero interno ya sabía que en aquellas baldosas no me esperaban buenas noticias.

Cuando la levanté en el aire con la intención de mirar a contraluz a través del vidrio semiopaco, la ligereza con la que la botella se alzó en mi mano me brindó la respuesta sin necesidad de entornar los ojos. Como flashbacks de guerra, en mi cabeza se sucedieron, difusas, todo tipo de imágenes traumáticas sobre las que pudieron ser las últimas horas de aquel elixir pensado para regar embutidos y tomates frescos. Me gustaría haber podido elucubrar explicaciones más amables, pero me consumía la certeza de que, seguramente, aquel excelente aceite de oliva había muerto en combate como nunca un excelente aceite de oliva debería haberlo hecho: friendo a las prisas unos nuggets de pollo comprados en el Tesco Express.

Se me pasaron por la cabeza todo tipo de venganzas contra mis —por otra parte, encantadoras y extremadamente hospitalarias— convivientes. Juré para mis adentros iniciar una guerra cultural entre aquellas cuatro paredes. Imaginé todo tipo de ultrajes proporcionales a lo sucedido. Beber una pinta de Guinness a través de una pajita. Enfriarla con hielo. Desinfectar las encimeras con whiskey Redbreast 12 años. Jurar lealtad a Inglaterra.

Pero, por extraño que parezca, por encima de todo mi furia se dirigía al Imperio Romano. Maldije el momento en el que las legiones dieron la contienda por perdida al llegar a Loughshinny, al norte de Dublín, al no hallar, en la tierra a la que llamaban Hibernia, un aporte económico sustancial para justificar una campaña militar en la isla. Maldije la debilidad de un imperio en desintegración que llevó a entronizar a los 14 años a Rómulo Augústulo, incapaz de contener el avance de las tropas bárbaras que acabaron coronando Rex al godo Odoacro. Maldije aquel ocaso sangriento del siglo V que vio caer al Imperio Romano de Occidente, y, con él, a cualquier esperanza de romanización para el norte de Europa. En la rendición de Rávena se trazó definitivamente la frontera invisible que divide a quienes cocinamos con aceite de oliva y quienes lo hacen con mantequilla, y que incapacita a los segundos para discernir un aceite para freír torreznos de uno destinado a bocados selectos.

En medio de aquel delirio historicista me eché a las calles con la intención de limpiar mi mente de malos pensamientos. Caminé en círculos durante diez minutos que me parecieron horas. Terminé a doscientos metros de mi casa, en la explanada en la que se levanta la monumental iglesia de Mount Argus, corazón del barrio y que siempre se me antoja descomunal, casi gemela en dimensiones a la catedral gótica de Colonia, cada vez que vuelvo a casa con alguna pinta de más. Freno en seco ante su fachada y, de repente, se me sobreviene la segunda revelación epifánica del día. La claridad se vuelve, entonces, absoluta: tengo suerte, pienso, de no vivir en una tierra protestante, sino en una conformada por católicos, ya sean o no creyentes. Me doy la vuelta y emprendo la marcha, de nuevo, hacia casa. Hay esperanza. La romanización no ha terminado. Empezará, resuelvo, con el nuevo día, entre las paredes de aquella cocina de Harold’s Cross.

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