Rocky road to dublin

La primera persona que te recibe al llegar a Dublín por vía aérea siempre es la misma: Dolores O’Riordan. No es como si la cantante de The Cranberries esperase, en presencia de ánima, agitando un cartel con el apellido del viajero. En realidad, su voz su voz acompaña a quien acaba de aterrizar a través de un pasillo que conecta la pista con la terminal y ejerce de hall of fame de los ídolos musicales de Irlanda, de la legendaria Sinéad O’Connor (en la foto) al peor ponderado Bono, y que invita a los más curiosos —que no son muchos— a aminorar la marcha en una zona de paso de la que todo el mundo, que por lo general tiene cosas más importantes que hacer que estar en el aeropuerto, suele querer huir lo más rápido posible. El hilo musical de la visita efímera: Dreams, de The Cranberries. Nunca un tema maridó mejor con el escenario, especialmente para el viajero que llega sin billete de vuelta ni horizonte visible al final de ese corredor.

Cuando una pisa tierra tras disfrutar durante unas horas de las amenidades y los malos tratos de Ryanair, orgullo y desvergüenza de la nación, escuchar a O’Riordan cantar Oh, my life is changing everyday, in every possible way, and oh my dreams, is never quite as it seems, (mi vida cambia cada día, de todas las formas posibles, y mis sueños nunca son exactamente como parecen) ese aterrizaje queda dotado de una dimensión providencial. Auspiciada por O’Riordan, una se siente el main character. De repente, todo parece posible. Tras una bienvenida de tal calibre, una cruza el pasillo antirretorno (otra metáfora más bien facilona, pero que en semejante trance se dibuja poderosísima) del aeropuerto convencida de que esa ciudad tan llena de oportunidades va a acunarla como una madre a un recién nacido, depositarla delicadamente en el suelo y guiar de la mano sus primeros pasos a través de terreno incierto. La experiencia, al final, es más bien como el parto de las jirafas. Batacazo de realidad contra el pavimento como primer contacto con el mundo. La ciudad no te arrulla, te abofetea. Porque a Dublín, antes de aprender a amarla, hay que aprender a sobrevivirla.

La mejor canción sobre Dublín ni siquiera habla sobre Dublín. Dirty Old Town fue escrita por un escocés, Ewan MacColl, para Salford, municipio otrora industrial del Gran Manchester, y es básicamente la versión british de Ferrol de Los Limones. Realmente, ese es un detalle menor. Los himnos los decide el tiempo. Y la intercesión divina de The Pogues y The Dubliners entregó su letra a la capital irlandesa para siempre.

En lo bien que se ajusta la letra a la ciudad pensaba yo, precisamente, una mañana de abril, sentada en las escaleras del Bank of Ireland de la plaza de College Green. En honor a la verdad, el mantra que repetía entre dientes sonaba más bien como “puta ciudad de mierda”. En mi mano todavía podía sentir el calor de la fotocopiadora en las diez copias de mi currículum vitae que acababa de imprimir. Diez asépticas hojas de papel que relegan mis ocho años de experiencia periodística a una línea a pie de página y que se esfuerzan, con patetismo reverencial, en destacar mis ganas de iniciarme en el excitante mundo de la hostelería dublinesa, mi entusiasmo por la atención al cliente y mi abnegada vocación de servicio público.

Sentada en uno de los peldaños del edificio que un día fue concebido como sede de la soberanía irlandesa, dilataba el momento de repartir los currículums a la antigua usanza, en mano y con la mejor y más solícita de mis sonrisas, en los negocios hosteleros del entorno de esa arteria imposible que es Dame Street. En esta ciudad nadie sabe quién soy, y a nadie le importa. ¿Es lo que querías, no? Ni siquiera puedo permitirme la desfachatez de regodearme en la autocomplacencia: esto lo he elegido yo.

Atravieso mi cuarto resfriado en dos meses. Me siento como si hubiera estado viviendo en la buhardilla de Crimen y Castigo: la humedad se me ha metido en los pulmones —impropia e intolerable muestra de falta de impermeabilidad para una coruñesa— y hace dos días he intentado, sin éxito, escribir algo digno a respecto de mi nueva vida. Resultado: ni una línea. No me sale ni la autoparodia. Procuro mantenerla fuera de mi vista, pero, desde el bolsillo de la mochila, puedo sentir cómo me quema la libreta con el lema ‘Todo este dolor te servirá algún día’ que me regaló mi amigo Roldán antes de irme y cuyas páginas siguen vacías. Esa misma semana acabo de descubrir, tras un encuentro en la tercera fase con un vecino del Northside dublinés en lo que supuso mi primer contacto real con EL ACENTO, que no tengo ni idea de hablar inglés. Mi flamante título B2 con la rúbrica de Cambridge, papel mojado en las turbias aguas del Liffey. No soy el main character. Soy un extra, mi propio doble de acción, y el decorado se me acaba de caer encima.

Han pasado cuatro meses desde ese momento y estoy en la misma plaza pero en otro lugar, en el tiempo y en el espacio, como reflexiona Alberto San Juan ante Manuel Manquiña guardia civil en Airbag. Me tomo una pinta con Aitor y las Lucías —el grupo de congéneres que todo gallego en la diáspora ha de procurarse en su primer mes como acto de patriotismo— en el pub Foggy Dew, nombrado así en honor a la balada en la que el padre O’Neill, dotado con la voz de Sinéad O’Connor en su versión más popular, lamenta que toda una generación de irlandeses tenga que morir en nombre de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial.

Los cuatro discutimos posibles tatuajes sobre la idiosincrasia irlandesa: “un arpa”, “un trébol de cuatro hojas”, “una pinta de Guinness”, “la cruz de Santa Brígida”. La conversación se desliza hacia el absurdo, dibujando, sin paradoja alguna, el retrato más real del contexto en el que hemos elegido vivir: “un autobús que nunca llega a su parada”, “un yonki gritando en O’Conell Street”, “una domestic fight en plena calle”, “la tasa de alcoholismo”. Lloramos de la risa. Desde la mesa de al lado, otro grupo de hispanohablantes nos mira horrorizado.

No hacemos mucho caso, pero, de fondo, el cantante del pub —en Dublín una ardilla puede ir saltando de hombre con guitarra a hombre con guitarra sin tocar el suelo— ha empezado a cantar Rocky Road to Dublin, un emblema de la canción popular irlandesa y, seguramente, el tema que más veces he escuchado en pubs desde que llegué aquí. Quizá por lo endemoniado del tempo, nunca, hasta ese día, había reparado en la letra. Rocky Road to Dublin. El pedregoso camino a Dublín. La canción sigue la singladura vital de un joven del interior rural del país que se toma la última pinta de cerveza, se despide de sus padres y de la tierra en la que nació y se marcha a Dublín a buscar sabe dios qué. Tras un camino lleno de infortunios y penalidades, decide que es una lástima ser privado tan pronto de la vista de una ciudad tan hermosa. (It’s such a pity/to be soon deprived a view of that fine city). Recuerdo la última Estrella Galicia que me tomé con mis amigos la noche anterior a marcharme a Dublín a buscar sabe dios qué. Me doy cuenta de varias cosas: he sobrevivido a mi rocky road to Dublin. Amo esta ciudad. Y si yo no hago por ser el main character de mi historia, entonces es mejor que me borre de la canción. Creo que, al final, sí sé hablar inglés. Y ya veo el horizonte al final del pasillo de los ídolos del aeropuerto: me quedaré aquí, al menos, hasta que aprenda a cantarla.

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